En
los agradecimientos finales, Gabriela Margall (1977) detalla que la novela es una
comedia romántica entre Palermo y La Matanza. Y
de hecho, uno puede coincidir con esa descripción lo que no
significa que valide las decisiones dramáticas que la autora deja
firmes en la novela y que son el principal problema para que la historia cierre.
Que la pareja principal (Laura y Julián) estén más cerca de sus cuarenta y actúen como si tuvieran veintitantos los hace prácticamente dos seres inmaduros. Esto no tendría nada de malo si la autora lo asumiera como
una anomalía (de hecho, tanto Julián como Laura son incapaces de cocinarse, por ejemplo), pero que para que Laura y Julián no queden como dos personajes negativos, Gabriela Margall baja al resto de los personajes al mismo nivel y
de paso los achata en la caricatura como la madre de la amiga de Laura que vive en una zona residencial de la ciudad.
Lo mismo pasa con las situaciones supuestamente dramáticas que terminan en finales edulcorados e infantiles (el trayecto del libro que escribió Laura, por ejemplo y que reniega de cualquier atisbo de verosimilitud sobre los concursos literarios).
Si el objetivo de la novela es apuntar a un público adolescente, de lo que no hay nada que objetar, el problema que tiene el relato es negar el mundo adulto sus complejos, sus dudas, sus vacilaciones y sobre todo sus agobios y naturalizar la inmadurez como sinónimo de felicidad.
Esto es copiar mal las coordenadas de las malas comedias románticas del cine.



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